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Una Tierra de Misterio Parte I:

Una Visión de las Civilizaciones Antiguas de los Andes, de América Central y de Norteamérica

Helena P. Blavatsky
Este texto fue traducido del libreto “A Land of Mystery”, de Helena Petrovna Blavatsky    (Theosophy  Company, Los Angeles, 38 pp.).

La traducción inicial, publicada en español bajo el título de “Una Tierra Misteriosa”, fue realizada por asociados norte-americanos de la Logia Unida de Teósofos, LUT.  Ese mismo texto publicamos a seguir, luego de someterlo a una revisión. Algunas notas también fueron acrecentadas. Todas las notas van al final de cada una de las cuatro partes en que hemos dividido ese texto (siguiendo la manera como fue publicado inicialmente). Las notas de HPB están señaladas como tal, una a una. Nuestras notas, a su vez, van señaladas con las palabras  “El editor”, entre paréntesis.

Aunque revisando la traducción con base en la edición en inglés de la Theosophy Co., hemos comparado el texto, cuando necesario, también con el original de las cuatro ediciones de la revista en que fue publicado inicialmente (“The Theosophist”, en 1880), y con la versión de los “Collected Writings” de H.P. Blavatsky (vol. II).

El texto tiene especial interés para los ciudadanos  del siglo 21 como reflexión sobre los ciclos de la evolución humana a lo largo de las diferentes civilizaciones.

En los párrafos finales de la parte IV, por ejemplo, H.P.B. escribe acerca del proceso periódico de pérdida de memoria histórica por parte de la humanidad, durante los cataclismos geológicos regulados por el Karma humano y planetario. Eso es algo a ser pensado y llevado en cuenta por el movimiento teosófico del siglo 21.

 

Prefacio de la Edición en Inglés

A lo largo de su trabajo público para el Movimiento Teosófico, que se extendió  por casi 16 años, H. P. Blavatsky desarrolló un tema continuo: la grandeza de las civilizaciones antiguas, que a menudo se ha oscurecido de la percepción actual, haciéndola casi desconocida para el hombre moderno. Su primera obra, “Ísis sin Velo”, rebosa de indicios referentes al esplendor filosófico del pensamiento antiguo y en el Prefacio, H.P.B. declaró que se esmeraría para restaurar “a un pasado despojado, ese crédito que se merece por sus realizaciones, cuyo olvido se ha extendido por un lapso excesivo.”

Como consecuencia natural, después de la fundación de la revista “Theosophist”, publicada en la India a partir de Octubre de 1879, H.P.B. empezó a considerar el pasado, penetrando en áreas de búsqueda caídas en el descuido. Aunque el “Theosophist” se dedicaba, principalmente, a la exploración del sentido de la antigua filosofía hindú y la divulgación de los Objetivos de la Sociedad Teosófica en estos términos, la serie de artículos titulados “Una Tierra Misteriosa” se propuso, claramente, amparar el punto de vista cuya presentación sistemática apareció algunos años después en “La Doctrina Secreta.” Esto es: en los continentes perdidos, existían civilizaciones arcaicas que alcanzaron cumbres elevadas en las artes y las ciencias. Según se supone, esta es la única explicación posible para dilucidar las culturas que sobrevivieron en el Nuevo Mundo.

Esta serie consta de cuatro artículos que se publicaron en el “Theosophist” de Marzo, Abril, Junio y Agosto de 1880. En el párrafo de apertura del primero, H.P.B. aclara su propósito de mostrar como el desdén europeo había conducido a una ignorancia casi completa de las maravillas de las artes y arquitectura precolombinas, tanto en América del Sur como del Norte. Según ella indica, los templos, los palacios y las ciudades peruanas y mexicanas son comparables a las antigüedades egipcias y revelan, también, un terreno común acerca del simbolismo y del significado monumental. H.P.B. reunió muchas pruebas a fin de sugerir una antigüedad inmensa con respecto a estos vestigios arqueológicos. Además, señaló que los nativos de estas tierras, durante el período de la conquista de Cortés y Pizarro, no habían sido los artífices de muchas de las estupendas estructuras que aun perduran; ya que eran el trabajo de razas muy anteriores. Encontró, también, ciertas correspondencias, “puntos extraordinarios de similitud”, entre las religiones de la antigua América y las del Oriente.

En el primer artículo, considera la solución platónica de un continente perdido para explicar estas similitudes. En el segundo artículo escribe:

“Nosotros, los europeos, estamos apenas emergiendo del fondo de un nuevo ciclo y nos encontramos en el arco ascendente, mientras los asiáticos, especialmente los hindúes, son los restos supervivientes de naciones que poblaban el mundo en los ciclos anteriores. Ningún ser humano presente puede decidir si los arios surgieron de los americanos arcaicos o si éstos de los arios prehistóricos. Sin embargo, es más fácil probar que contradecir, que en algún tiempo debía existir una relación íntima entre los arios antiguos, los habitantes prehistóricos americanos, cualquiera que sea su nombre, y los antiguos egipcios. Probablemente, si alguna vez tal relación fue una realidad, debe haberse entablado en un tiempo durante el cual el Atlántico no dividía a los dos hemisferios como ocurre actualmente.”

Los cuatro artículos en cuestión están llenos de descripciones detalladas de los viajeros, los exploradores y las opiniones de los eruditos. Todos ellos sirven a la escritora para indicar la conclusión según la cual la teoría de los ciclos “es la única plausible para explicar los grandes problemas de la humanidad, el ascenso y el descenso de innumerables naciones y razas y sus diferencias etnológicas.” En la última sección, H.P.B. propone lo siguiente: “Deben existir ciclos biológicos, físicos, intelectuales y espirituales. Tanto los globos y los planetas, como las razas y las naciones, nacen para crecer, adelantar, declinar y morir.” Según ella, lo mismo debe ocurrir con los continentes.

Al final del cuarto artículo, H.P.B. publica una carta con algunos comentarios de un lector hindú y su respuesta. El corresponsal rechaza “la antigua teoría de la conexión por tierra” entre los continentes actuales y menciona las teorías de las migraciones por mar. H.P.B. responde con facundia, sugiriendo una variedad de pruebas en favor de la existencia de la Atlántida y la Lemúria, debido a las creencias religiosas y las usanzas comunes.

Este material encierra una utilidad filosófica práctica, que se proponía erosionar la complacencia fanática de la civilización Occidental y amenazar a la suposición casi universalmente aceptada, según la cual, antes del Cristianismo no había existido ninguna religión elevada y, hasta el advenimiento de la física y de la tecnología modernas, no resaltaba ningún alcance científico significante. Poner tal suposición en entredicho fue un paso necesario para obtener una audiencia imparcial en favor de la Religión-Sabiduría que la señora Blavatsky vino a registrar nuevamente.

 

Una Tierra de Misterio

Helena P. Blavatsky

I

Al observar las ruinas imponentes de Memphis o Palmira, al encontrarse cara a cara con la gran pirámide de Ghiza, al recorrer el Nilo o al abstraerse en la desolada firmeza de la misteriosa Petra, que por un amplio lapso se creyó perdida, se llega a la conclusión de que, a pesar del origen vago y nebuloso de estas reliquias históricas, se disciernen ciertos fragmentos que proporcionan una base sólida sobre la cual elaborar algunas conjeturas. No obstante la densidad de la cortina tras de la cual se esconde la historia de estas antigüedades, existen hendiduras esporádicas a través de las cuales uno vislumbra luz. Conocemos a los descendientes de los constructores. También estamos familiarizados, aunque superficialmente, con la historia de las naciones cuyos vestigios nos rodean. Sin embargo, no ocurre lo mismo con las antigüedades del Nuevo Mundo de las dos Américas.

A lo largo de la costa peruana, en el Istmo, en toda Norteamérica, en los cañones de las Cordilleras, en los desfiladeros infranqueables de los Andes y especialmente más allá del valle mexicano, yacen las ruinas desoladas de centenares de ciudades en un tiempo poderosas, que han caído en el olvido de la memoria humana junto a su nombre. Sepultadas en densas selvas, soterradas en valles inaccesibles; a veces bajo muchos metros de tierra, desde el día de su descubrimiento hasta la fecha, continúan siendo un acertijo para la ciencia, eludiendo toda investigación. Su silencio es más impenetrable que el de la Esfinge egipcia. No sabemos absolutamente nada acerca de América antes de la conquista. No ha sobrevivido ningún tipo de crónica, ni siquiera relativamente moderna. [1] Aun entre los nativos, no existen tradiciones tocantes a sus eventos pasados.[2]  Desconocemos estas razas que construyeron tales estructuras ciclópicas, así como ignoramos el culto extraño que inspiró a los escultores antediluvianos, los cuales tallaron, a lo largo de centenares de millas de muralla, monumentos, monolitos y altares, jeroglíficos insólitos, compuestos por grupos de animales y hombres. Son las imágenes de una vida desconocida y de un arte perdido. Escenas, a veces, tan fantásticas y atípicas que, involuntariamente, sugieren la idea de un sueño febril, cuya fantasmagoría, por el simple gesto de la poderosa mano de un mago, repentinamente se cristalizó en el granito, dejando para siempre atónita a la posteridad. Aun en los albores del siglo XIX, se desconocía el caudal de tales antigüedades. Desde el principio, los celos pueriles y sospechosos de los españoles construyeron una suerte de muralla china entre sus posesiones americanas y el viajero investigador. Además, la ignorancia y el fanatismo de los conquistadores y su desinterés por todo, exceptuando la satisfacción de su codicia insaciable, obstruyeron la búsqueda científica. Desde hace mucho tiempo, se desacreditaron los relatos entusiastas acerca del esplendor de los templos, los palacios y las ciudades de México y Perú, redactados por Cortés y su ejército de facinerosos y curas y de Pizarro con su séquito de ladrones y monjes.

El doctor Robertson, en su “Historia de América”, se limita simplemente a informar a su lector que las casas de los mexicanos antiguos “eran simples cabañas de hierbas, fango o las ramas de los árboles, como las de los indios más retrógrados.” [3]  Además, amparándose en el testimonio de algunos españoles, se atrevió a decir que “en la amplia extensión de este gran imperio” no había “¡ni siquiera, un sólo monumento o vestigio de alguna edificación que antecediera la conquista!” Al gran Alexander Humboldt le correspondió reivindicar la verdad. En 1803, este viajero eminente y erudito iluminó el mundo de la arqueología con un nuevo haz de luz, demostrando ser, afortunadamente, el pionero de los descubrimientos futuros. Describió Mitla, el Valle de los Muertos, Xoxichalco y el gran templo piramidal de Cholula. Después de él vinieron Stephens, Catherwood y Squier, mientras en Perú trabajaban D’Orbigny y el doctor Tschuddi. Desde entonces, numerosos viajeros afluyeron a estos sitios, dándonos detalles minuciosos acerca de las vastas antigüedades. Sin embargo, nadie sabe cuántas más se quedan inexploradas y aun desconocidas.

En lo que concierne a los edificios prehistóricos, Perú y México son comparables con Egipto. Se asemejan a la tierra de los faraones en la inmensidad de sus estructuras ciclópicas. Perú la supera en cantidad y Cholula rebasa a la gran pirámide de Cheops en anchura, si no en altura. Obras públicas, véase las murallas, las fortificaciones, las terrazas, los canales, los acueductos, los puentes, los templos, los cementerios, ciudades enteras y las calles exquisitamente pavimentadas, serpentean por centenares de millas en una línea ininterrumpida, cubriendo la tierra como si fueran una red. En la costa, las construcciones son de tabiques y en las montañas, de cal porfídica, granito y arenisca sílica. La historia no sabe nada de las largas generaciones de los artífices de estas obras y aun la tradición guarda silencio. Obviamente, una vegetación lozana ha cubierto la mayoría de estos restos líticos. Selvas enteras han surgido de los corazones rotos de las ciudades y, con algunas excepciones, todo está en ruina. Sin embargo, lo que permanece nos da un vislumbre de lo que en un tiempo existió.  

Los historiadores españoles, con un desinterés muy impertinente, hacen remontar casi todas las ruinas a los Incas. Este es un gran error. Los jeroglíficos que, a veces, cubren íntegramente las murallas y los monolitos, siguen siendo siempre letra muerta para la ciencia moderna, así como lo eran para los Incas, cuya historia puede ser conocida hasta el siglo 11. Los Incas ignoraban el significado de estas inscripciones, atribuyéndolas todas a sus antepasados desconocidos, desacreditando la suposición según la cual descendían de los primeros seres que civilizaron su país. He aquí un resumen de la historia Inca.

Inca es el título Quechua para el jefe o emperador y el nombre de la raza o mejor dicho, la casta regente y más aristocrática de la tierra que gobernó por un período desconocido antes de la conquista española. Según algunos, su primera aparición de regiones desconocidas, se remonta al 1021 en Perú. Otras conjeturas los reconducen a cinco siglos después del “diluvio” bíblico, conforme a las nociones modestas de la teología cristiana. Sin embargo, esta última teoría se acerca a la verdad más que la otra. Los Incas, considerando sus privilegios exclusivos, su poder y su “infalibilidad”, son la contraparte antipodal de la casta brahmánica de la India. Análogamente a esta última, los Incas afirmaban descender directamente de la Deidad que, como en el caso de la dinastía Suryavansa de la India, era el Sol. Según la tradición única y general, en un tiempo la población completa del Nuevo Mundo de hoy estaba fragmentada en tribus independientes, beligerantes y bárbaras. Finalmente, la deidad “Superior”, el Sol, se enterneció y a fin de rescatar a esta gente de la ignorancia, envió sobre la tierra a sus dos hijos: Manco Capac y su hermana y mujer, Mama Ocollo Huaco, con la misión de instruir a los terrícolas. Otra vez, ellos son la contraparte andina  del Osiris egipcio y su hermana y mujer Ísis, y también de los innumerables dioses, semidioses hindúes y sus cónyuges. Estos dos aparecieron en una isla hermosa en el lago Titicaca y se dirigieron hacia el norte, a Cuzco, que enseguida se convirtió en la capital de los Incas, donde empezaron a diseminar su civilización.

La pareja divina, reuniendo las varias razas peruanas, empezó a asignarles sus deberes. Manco Capac enseñó a los hombres la agricultura, la legislación, la arquitectura y las artes. Mama Ocollo instruyó a las mujeres a tejer, hilar, bordar y en los quehaceres domésticos. Los Incas afirman que descienden de esta pareja celestial. Sin embargo, ignoraban por completo quiénes fueron los artífices de las ciudades estupendas, ahora en ruinas, esparcidas en el área de su imperio, que entonces se extendía desde el Ecuador hasta  más de 37 grados de Latitud, incluyendo no sólo la vertiente occidental de los Andes, sino la cadena montañosa completa con sus faldas orientales hasta el río Amazonas y el Orinoco.

Como directos descendientes del Sol, eran exclusivamente los altos sacerdotes de la religión de estado y también los emperadores y los estadistas más importantes en la tierra. En virtud de esto, análogamente a los brahmanes, se otorgaron una superioridad divina sobre los mortales ordinarios, instituyendo, como los “nacidos dos veces”,  una casta exclusiva y aristocrática: la raza Inca. Todo Inca reinante, considerado un hijo del Sol, era un alto sacerdote, el oráculo, el caudillo en la guerra, un soberano absoluto, desempeñando el doble oficio de Papa y Rey, anticipando, por mucho tiempo, el sueño de los pontífices romanos. Sus órdenes se ejecutaban sin vacilar, su persona era sagrada y era el objeto de honores divinos. Los oficiales más importantes de la tierra no podían presentarse ante él con zapatos. La señal de respeto nos reconduce, nuevamente, a un origen oriental. Mientras el ritual de perforar las orejas de la prole de sangre real, insertando anillos dorados “cuyo tamaño se incrementaba a la par que adelantaban en el estado social, hasta que la extensión del cartílago se convertía en una deformación”, sugiere una semejanza extraña entre los retratos esculpidos de muchos de ellos en las ruinas más modernas y las imágenes de Buda y de algunas deidades y aun de nuestros petimetres contemporáneos de Siam, Burma y de la India meridional. Una vez más, haciendo eco a los días gloriosos del poder brámane en la India, nadie tenía el derecho de ser instruido o estudiar la religión, excepción hecha para la casta privilegiada Inca. Cuando el rey Inca fallecía o era víctima de un homicidio y “era llamado a casa, a la mansión de su padre”, durante la ceremonia de sus exequias se hacía morir con él un amplio número de sus servidores y consortes, como se ve también en los  antiguos registros anales de Rajasthán y hasta en la costumbre indiana recientemente abolida de Sutti. Al tener presente todo esto, el arqueólogo no puede satisfacerse con la breve observación de ciertos historiadores según los cuales “en esta tradición discernimos sólo otra versión de la historia de la civilización común a todas las naciones primitivas y el fraude de una relación celestial mediante la cual los gobernantes intrigantes y los sacerdotes astutos han tratado de asegurarse su ascendencia entre los hombres.” Por lo tanto, no es una explicación decir que “Manco Capac es la contraparte casi exacta del Fohi chino, del Buda hindú, del Osiris egipcio terrenal, del Quetzalcoatl mexicano y del Votan de América central”, ya que todo esto es muy evidente. Lo que queremos saber es cómo estas naciones, situadas en puntos opuestos de la tierra como India, Egipto y América, llegaron a tener puntos comunes extraordinarios, no sólo en sus prácticas religiosas generales y en sus ideas políticas y sociales; sino que, a veces, hasta en los detalles más diminutos. La tarea necesaria consiste en descubrir quién vino primero y en explicar cómo esta gente llegó a tener,  en los cuatro puntos cardinales de la tierra,  arquitectura y artes casi idénticas, a menos que, hubiera un tiempo durante el cual, según afirma Platón y más de un arqueólogo moderno cree, no se necesitaba ningún barco para tal viaje; pues los dos mundos formaban un sólo continente.

 Según las investigaciones más recientes, sólo en los Andes existen cinco estilos arquitectónicos diferentes, de los cuales, el templo del Sol en Cuzco es el más moderno. Y ésta es, quizá, la única estructura relevante que, según los viajeros actuales, puede seguramente atribuirse a los Incas, cuyas glorias imperiales, según se estima, fueron el último brillo de una civilización remota. El Doctor E.R.Heath, de Kansas, en los Estados Unidos, piensa que:

“Mucho antes de Manco Capac, los Andes habían sido la morada de razas cuyos orígenes deben haber correspondido con el de los salvajes de Europa occidental. La arquitectura gigantesca indica una familia ciclópica, los fundadores del Templo de Babel y de las pirámides egipcias. El pergamino griego, encontrado en muchos sitios, se tomó prestado (?) de los egipcios. La manera de sepultar y preservar a sus fallecidos apunta a Egipto.”

Más tarde, este viajero erudito descubre que, según los craneólogos, los cráneos extraídos de los sitios de sepultura representan a tres razas distintas: los Chinchas, que se instalaron en la parte occidental de Perú: desde los Andes hasta el Pacífico; los Aymaras, los habitantes de las tierras altas de Perú y Bolivia, en la parte meridional de la orilla del lago Titicaca, y los Huancas, que “ocuparon la meseta entre las cadenas andinas, el lado norte del lago Titicaca, hasta el grado noveno de latitud sur.”  

Para la arqueología es fatal confundir los edificios del período Inca en Perú, de Moctezuma y sus caciques en México, con los monumentos indígenas. Mientras Cholula, Uxmal, Quiché, Pachacamac y Chichen fueron preservadas y ocupadas perfectamente al momento de la invasión de los delincuentes españoles, existían centenares de vestigios de ciudades y obras que estaban en ruina aun en aquel entonces y cuyo origen los incas y los caciques conquistados ignoraban, así como nosotros. Innegablemente, eran los restos de una civilización desconocida y ahora extinta.

La exactitud de tal hipótesis es corroborada por la forma extraña de las cabezas y los perfiles de las figuras humanas sobre los monolitos de Copán. Al principio, la pronunciada diferencia entre los cráneos de estas razas y los de los indoeuropeos se atribuyó a los medios mecánicos que las madres usaron para dar una conformación particular a la cabeza de sus niños durante la infancia, así como ocurre en otras tribus y otras poblaciones. Sin embargo, como el mismo autor nos dice, el descubrimiento “de una momia conteniendo un feto de siete u ocho meses, con la conformación del cráneo, poniendo en duda  el fundamento de la hipótesis de los medios mecánicos.” Además de las hipótesis, tenemos una prueba científica e irrefutable según la cual, en un pasado remoto, en Perú debió haber existido una civilización. Si presentáramos un cierto número de millares de años, que probablemente transcurrieron desde entonces, sin aducir buenas razones para tal suposición, al lector se le podría cortar el resuello.  Hagamos un intento.

Hoy se tiene un buen conocimiento del guano (huano) peruano acumulado en las islas del Pacífico y en la costa sudamericana. Es el fertilizante precioso compuesto por los excrementos de las aves marinas, mezclado con sus cuerpos en descomposición, huevos, restos de foca, etc. Humboldt fue el primero que, en 1804, lo descubrió, dirigiendo la atención del mundo sobre el asunto. Mientras describe los depósitos que cubren las rocas de granito de Chincas y de otras islas, alcanzando la profundidad de decenas de metros, afirma que la acumulación de los 300 años anteriores, desde la conquista, habían formado sólo algunos centímetros de espesor. Por lo tanto, cuántos millares de años se necesitaron para constituir este deposito de varios metros, es una simple cuestión de cálculos.  A ese respecto, citaremos algo de un descubrimiento tratado en  “Peruvian Antiquities” (“Antigüedades Peruanas”). [4]  “En las islas Chinca, a una profundidad de una veintena de metros bajo tierra, se descubrieron ídolos de piedra y vasijas; mientras a una decena de metros se encontraron ídolos de madera.  Abajo del guano, en las islas Guanapi, al sur de Truxillo y Macabi al norte, se encontraron momias, pájaros, huevos de pájaros y ornamentos de oro y plata. En Macabi, los labriegos encontraron algunos grandes y valiosos vasos dorados que rompieron, repartiendo los fragmentos entre ellos, a pesar de que se les ofreció lo correspondiente al peso, en monedas de oro. Así, estas reliquias de gran interés para la ciencia se han perdido para siempre. Aquél que pueda determinar los siglos necesarios para que se deposite una veintena de metros de guano en estas islas, teniendo presente que desde la conquista, hace 300 años, no se ha notado ningún aumento apreciable en espesor, puede darnos una idea de la antigüedad de estas reliquias.”

Si nos atenemos a un cálculo estrictamente matemático, atribuyendo 12 líneas a cada pulgada [2.54 centímetros] y 12 pulgadas a un pie,  y asignando una línea a cada siglo, nos vemos obligados a aceptar que los artífices de estos vasos preciosos vivieron hace ¡864.000 años! Aun dejando un amplio margen de error y adjudicando dos líneas por cada siglo, llegamos a una civilización que existía hace 72.000 años, la cual es comparable y en algunas cosas superiores, a la nuestra, si consideramos sus obras públicas, la durabilidad de las construcciones y la grandiosidad de los edificios.

Teniendo ideas bien definidas sobre la periodicidad de los ciclos que incluyen al mundo, a las naciones, a los imperios y a las tribus, estamos convencidos de que nuestra civilización moderna es el alba más reciente de lo que ya se presenció un sinnúmero de veces en este planeta. Quizá no sea ciencia exacta, pero es una lógica inductiva y deductiva, que se basa en teorías menos hipotéticas y más tangibles que muchas otras teorías consideradas rigurosamente científicas. Usando las palabras del profesor T. E. Nipher de St. Louis, diremos: “no somos los amigos de la teoría, sino de la verdad.” Y hasta que ésta se encuentre, acogeremos toda nueva teoría, a pesar de su impopularidad al principio, no sea que rechacemos, en nuestra ignorancia, la piedra que, con el tiempo, pueda llegar a ser reconocida como la piedra angular de la verdad.  “Los errores de los científicos son innumerables, no porque son científicos, sino porque son seres humanos”, dice el mismo hombre de ciencia, y enseguida cita las nobles palabras de Faraday: “ejercer el juicio debería conducir, ocasional y frecuentemente, a una absoluta reserva. Suspender una conclusión puede resultar desagradable y una gran fatiga. Sin embargo, como no somos infalibles, deberíamos proceder con cautela.” ( “Experimental Researches”, Serie 24.)

No es muy probable que se haya tratado de redactar un relato minucioso de las llamadas antigüedades americanas, con la excepción de algunas de las ruinas más prominentes. Sin embargo, para hacer  una comparación más relevante, tal trabajo sería absolutamente necesario. Para que algún día se pueda desenmarañar la historia de la religión, la mitología y, aun más importante, el origen, el desarrollo y la agrupación final de la especie humana, debemos confiar en la búsqueda arqueológica más que en las deducciones hipotéticas de la filología. Debemos empezar reuniendo las imágenes materiales del pensamiento antiguo, más elocuentes en su forma estacionaria que en la expresión verbal, la cual, en sus profusas interpretaciones, se presta fácilmente a ser distorsionada de mil maneras. Esto nos proporcionaría un indicio más fácil  y más fidedigno. Las sociedades arqueológicas deberían tener una enciclopedia entera con las reliquias del mundo, integrando las especulaciones más importantes sobre cada localidad.  A pesar de lo fantástico y lo absurdo que algunas de estas teorías pueden parecer a primera vista, cada una tiene una posibilidad de demostrarse útil en algún momento. A menudo, según Max Müller, es más beneficioso saber lo que una cosa no es que saber lo que es.

Tal objetivo es inalcanzable dentro de los límites de un artículo en nuestra revista. Sin embargo, valiéndonos de los relatos de los inspectores de gobierno,  los viajeros confiables,  los científicos y aun nuestra experiencia limitada, en los números futuros trataremos de presentar a nuestros lectores hindúes una idea general de estas antigüedades acerca de las cuales, posiblemente, jamás oyeron hablar. Nuestras informaciones más recientes se obtuvieron de fuentes confiables. El examen de las antigüedades peruanas se basa, principalmente, sobre la interesante relación del doctor Heath, que hemos mencionado anteriormente.

 

NOTAS:

[1] Ese texto de H.P.B.  fue escrito en 1880.  En el siglo veinte fue rescatado y publicado el Manuscrito Huarochirí, o Waruchiri, una compilación hecha por Francisco Ávila cerca del año 1598.  Ver, por ejemplo, “The Huarochiri Manuscript - A Testament of Ancient and Colonial Andean Religion”, translation from the Quechua by Frank Salomon and George L. Urioste, University of Texas Press, Austin, USA, 1991, 273 pp. Y también “Mitos de Waruchiri”, textos incluidos en el volumen “Mitos, Leyendas y Cuentos de los Quechuas”, Jesús Lara, Editorial Los Amigos del Libro, La Paz  /Cochabamba, Bolivia, 1987, 441 pp., ver pp. 74 y siguientes. Hay actualmente algunas otras fuentes sobre las creencias antiguas, precoloniales, de los pueblos andinos.  Véase por ejemplo “Inca Religion and Customs”, by Father Bernabe Cobo (University of Texas Press)  y los diversos cronistas coloniales, incluso Garcilaso de la Vega.  Sin embargo, las informaciones siguen escasas, especialmente sobre tiempos más antiguos que unos pocos siglos antes de la conquista española.  (El editor)

[2] Acá, H.P.B. se refiere al pasado más lejano. (El editor)

[3]  En ese punto, una nota de H.P.B. dice: “Véase ‘Central America’, de  Stephens.”  En la edición  de  los “Collected  Writings” de H.P.B., volumen II, Boris de Zirkoff da más detalles sobre la fuente de esta citación:  “Véase la obra “Incidents of Travels in Central America, Chiapas and Yucatán”, de  J. L. Stephens,  décima-segunda edición, Londres, 1846, p. 97.” (El editor)

[4] Un texto publicado por el señor E.R. Heath, en la revista “Review of Science and Industry”, de la ciudad de Kansas, en noviembre de 1878. (Nota de H.P.B.)

II 

Es evidente que nosotros, los teósofos, no somos los únicos iconoclastas en este mundo de engaño e hipocresía. No somos los únicos que creen en los ciclos y, al oponerse a la cronología bíblica, se inclinan hacia esas opiniones que muchos comparten secretamente, aunque sean  pocos los que las proclaman en público. Nosotros, los europeos, estamos apenas saliendo de la parte inferior  de un nuevo ciclo y nos encontramos en el arco ascendente, mientras los asiáticos, especialmente los hindúes, son los restos supervivientes de naciones que poblaban el mundo en los ciclos anteriores. Ningún ser humano actual  puede decidir si los arios surgieron de los americanos arcaicos, o si éstos surgieron de los arios prehistóricos. Sin embargo, es más fácil probar que contradecir, que en algún tiempo debía existir una relación íntima entre los arios antiguos, los habitantes prehistóricos americanos, cualquiera que sea su nombre, y los antiguos egipcios. Probablemente, si alguna vez tal relación fue una realidad, debe haberse entablado en un tiempo durante el cual el Atlántico no separaba a los dos hemisferios como ocurre actualmente.

El doctor Heath, de Kansas City, es una especie rara entre los científicos, un buscador intrépido que acepta la verdad dondequiera que la encuentre, sin temor a ventilarla en la cara de la oposición dogmática. En su libro  “Peruvian Antiquities” (“Antigüedades Peruanas”) , Heath  resume de esta forma sus impresiones de las reliquias peruanas:

“Por tres veces, los Andes se sumergieron centenares de metros por debajo del nivel oceánico y lentamente volvieron a asumir su altura actual. La  duración de la  vida humana sería excesivamente breve  aun para contar los siglos que se intercalaron en esta operación. La costa peruana se ha levantado una veintena de metros desde que Pizarro desembarcó.  Suponiendo que los Andes se hayan alzado de manera uniforme y sin interrupción, deben haber transcurrido 70 mil años para que alcanzaran su presente altura.”

 “¿Quién sabe, entonces, si la idea [1] fantástica de Julio Verne, con respecto a la Atlántida perdida, pueda acercarse a la verdad? ¿Quién puede decir que, anteriormente, donde ahora se extiende el océano Atlántico, no había un continente cuya densa población era muy adelantada en las artes y las ciencias y que, tan pronto se dieron cuenta de que su tierra estaba hundiéndose, algunos emigraron hacia el oriente y otros hacia el occidente, instalándose en los dos hemisferios? Esto explicaría la similaridad de sus estructuras arqueológicas, sus razas y sus diferencias modificadas y adaptadas al carácter de sus respectivos climas y países. He aquí la razón por la cual la llama y el camello difieren, aunque perteneciendo a la misma especie; así como los árboles algarrobas y espinos. Además, eso explica por qué los indios Iroqueses de Norteamérica y los árabes más antiguos, usan el mismo nombre cuando se refieren a la constelación de la Osa Mayor.  Naciones que vivieron aisladas y desconociendo la existencia mutua dividieron el Zodíaco en doce constelaciones, dándoles los mismos nombres, y los hindúes del Norte llaman a los Himalaias de Andes, como lo hacen los sudamericanos con su cadena montañosa. [2]  ¿Acaso debemos caer en la antigua rutina suponiendo que la única manera de poblar el hemisferio occidental era a través del Estrecho de Behring?  ¿Tal vez hay que seguir ubicando un Edén geográfico en oriente, suponiendo la existencia de una tierra, igualmente adecuada para el ser humano y otro tanto antigua desde el punto de vista geográfico, que está esperando el término del constante vagar de la ‘tribu perdida de Israel’,  para entonces poblarse?

A donde sea que uno se dirija en la exploración de las antigüedades americanas, la primera cosa que nos impacta es la magnitud de estas reliquias que se remontan a edades y a civilizaciones desconocidas y, luego, su extraordinaria similaridad con los montículos y las antiguas estructuras de la India, de Egipto y también de algunas partes de Europa. Quien ha visto uno de estos montones de tierra los ha visto todos. Quien se ha encontrado frente a una de estas estructuras ciclópicas en un continente, tiene una idea suficientemente exacta del aspecto de aquellas de otro continente. Basta decir que sabemos aun menos de la edad de las antigüedades americanas que de las del valle del Nilo, acerca de las cuales ignoramos casi todo. Sin embargo, no obstante su forma exterior, su simbolismo es evidentemente lo mismo en Egipto, en la India y en otros lugares.  Así, considerando la gran pirámide de Cheops en el Cairo, el vasto montículo con una altura de unos cuarenta de metros en la planicie de Cahokia, cerca de St. Louis (Missouri), que mide unos 230 metros de ancho y   unos  270 metros de largo , extendiéndose a lo largo de más de ocho acres,  con 20 millones de pies [3] cúbicos de contenido,  y el montículo en la orilla de Brush Creek en Ohio, cuya descripción detallada nos llegó por Squier y por Davis, uno no sabe si admirar más la precisión geométrica elaborada por los maravillosos y misteriosos constructores en la forma de sus monumentos, o el simbolismo oculto que evidentemente buscaban expresar.

El montículo en Ohio representa a una serpiente que mide más de 300 metros. Se enrosca con gracia en curvas sinuosas, terminando en una espiral triple en la cola. “El terraplén que constituye la efigie mide más de un metro y medio de altura, con una base en el centro del cuerpo de diez metros que va disminuyéndose levemente hacia la cola.” [4]  El cuello está extendido y la boca abierta mantiene, en sus fauces, una figura oval. Los investigadores escriben: “Este oval, constituido por un terraplén con un  metro y veinte centímetros de altura, tiene un perfil perfectamente regular y sus diámetros transverso y conjugado miden, respectivamente, 53 metros y  dos metros y medio.”[5]  El todo representa la idea cosmológica universal de la serpiente y del huevo. Esta es una deducción fácil. ¿Cómo ocurrió que este gran símbolo de la sabiduría hermética del antiguo Egipto, estuviera representado en Norteamérica? ¿Cómo es que los edificios sagrados descubiertos en Ohio y en otros lugares, estos cuadrados, círculos, octágonos y otras figuras geométricas en las que se reconoce fácilmente la idea prevaleciente de las cifras pitagóricas sagradas, y parecen ser copiados del Libro de los Números? A pesar del silencio completo sobre su origen, aun entre las tribus indígenas que han preservado en todos los casos sus tradiciones, la antigüedad de tales ruinas es probada por los bosques más vastos y más antiguos que crecen en las ciudades enterradas. Los prudentes arqueólogos americanos les han generosamente asignado dos mil años. Sin embargo, afirman que: “probablemente, trasciende el poder de la investigación humana contestar” preguntas sobre quién las edificó y si sus artífices emigraron, desaparecieron bajo el yugo de los ejércitos victoriosos o si fueron aniquilados por alguna epidemia pavorosa o una hambruna universal.

Los habitantes más antiguos de México acerca de los cuales la historia conoce algo, más hipotético que comprobado, fueron los Toltecas. Se supone que vinieron del norte y se cree que entraron al valle del Anáhuac en el séptimo siglo de la era cristiana.  Se les acredita, también, la construcción de algunas de las grandes ciudades cuyas ruinas aun existen en América central, donde se esparcieron en el siglo once. En este caso, deben haber sido los escultores de los jeroglíficos tallados en algunas reliquias. Entonces, ¿por qué el sistema pictórico de escritura de México, que fue usado por los conquistados y aprendido por los conquistadores y sus misioneros, no provee, aún, ninguna clave interpretativa para los jeroglíficos de Palenque, Copán y menos de Perú? Además, ¿quiénes eran y de dónde procedían, estos toltecas civilizados? ¿Quiénes son los aztecas que les sucedieron? Aun entre los sistemas jeroglíficos de México existen algunos que permanecieron indescifrables para los intérpretes extranjeros. Estamos hablando de los llamados esquemas de astrología judicial “publicados, pero no explicados, en la colección editada por  Lord Kingsborough” y que se consideran simplemente como algo puramente figurativo y simbólico: “cuyo uso era limitado a los sacerdotes y a los vates, además poseían un significado esotérico.” Muchos jeroglíficos en los monolitos de Palenque y Copán tienen el mismo carácter. “Los sacerdotes y los vates” fueron diezmados por los católicos fanáticos - el secreto murió con ellos.

Casi todos los terraplenes norteamericanos siguen una conformación de terraza y ascienden mediante amplios escalones, a veces cuadrados, a menudo hexagonales, octagonales o truncos, pero se parecen en todos los aspectos a los teocallis mexicanos y a los topes indos. Visto que en la India estos últimos se atribuyen al trabajo de los cinco Pandus de la Raza Lunar, así los monumentos y los monolitos ciclópicos de las riberas del Lago Titicaca, en la república boliviana, son atribuidos a gigantes, los cinco hermanos desterrados procedentes de “más allá de las montañas.”  Adoraban a la luna como su progenitora y antecedieron a los “Hijos y a las Vírgenes del Sol.” Nuevamente, es muy obvio que la tradición Aria se intercala con la sudamericana, en cuanto a las razas lunares y solares: Sûrya Vansa y Chandra Vansa vuelven a aparecer en América.

Este lago Titicaca, que ocupa el centro de una de las cuencas terrestres más notables de todo el mundo, se extiende - 

“A lo largo de 160 millas mientras su anchura oscila entre 50 y 80. A través del valle del Desaguadero, desemboca en la vertiente suroeste, en otro lago cuyo nombre es lago Aullagas y cuya profundidad nivel inferior, probablemente, es regulada por la evaporación o la filtración, ya que no tiene ninguna salida conocida. La superficie del lago se encuentra a 4.000 metros sobre el nivel marino y es el espejo de agua más elevado del mundo entre lagos de tamaño similar.”

Como el nivel de las aguas se ha reducido mucho en el período histórico, hay buenos elementos como para deducir que en el pasado éstas rodeaban al área elevada donde se encuentran las notables ruinas de Tiahuanaco.

Indudablemente, éstos son monumentos indígenas que se remontan a un período anterior al de los incas, así como los dravidianos y otros nativos de la India antecedieron a los arios. Aunque según las tradiciones Incas el gran legislador e instructor de los peruanos - Manco Capac, el Manu sudamericano-  difundió su conocimiento e influencia de este centro, los hechos no corroboran tal declaración. Si, según algunos, allí existía el eje original de aymara o la “raza inca”, entonces, ¿por qué los incas, los aymaras que aun hoy viven en las áreas limítrofes del lago y los antiguos peruanos, ignoran por completo su historia? No se encuentra ningún indicio referente a ésta, excepto una tradición nebulosa según la cual los “gigantes” construyeron dichas estructuras inmensas en una noche. Además, tenemos toda la razón para dudar que los incas procedan de la raza aymara. Los incas afirman ser los descendientes de Manco Capac, el hijo del Sol, mientras los aymaras consideran a este legislador su instructor y el fundador de la era de su civilización. Sin embargo, ni los incas del período de la invasión española, ni los aymaras,  pudieron probar su posición. El idioma de estos últimos difiere bastante del  Quechua, la lengua de los incas. Además, según nos dice el doctor Heath, los aymaras rechazaron la idea de abandonar su idioma,  cuando los descendientes del Sol los conquistaron.

Las ruinas dan mucho indicios de una antigüedad remotísima. La construcción de algunas sigue un plan piramidal, análogamente a la mayoría de los montículos americanos, extendiéndose por varios acres. Mientras las entradas, las columnas y los ídolos de piedra, tan magistralmente tallados, “representan un estilo escultórico completamente distinto de cualquier otro resto artístico encontrado en América.” D’Orbigny habla de las ruinas con gran entusiasmo:

“Estos monumentos consisten en un montículo que se eleva por casi 33 metros, rodeado por columnas de templos cuya longitud cubre entre los 200 y los 400 metros. Se abren, precisamente, hacia el oriente y los adornan unas columnas angulares colosales. Luego se encuentran pórticos compuestos por una sola piedra, recorridos por relieves magistralmente ejecutados, mostrando representaciones simbólicas del Sol y del cóndor, su mensajero. Se pueden observar estatuas basálticas salpicadas con bajorelieves cuyas cabezas entalladas son semiegipcias. Al final, el interior del palacio está constituido por enormes bloques de piedra completamente cortados, cuyas dimensiones son, a menudo, 7 metros de alto, 4 de ancho y 2 de profundidad. En los templos y en los palacios, las puertas son perpendiculares y no se inclinan como ocurre con las de los Incas. Sus vastas dimensiones y las masas imponentes que las constituyen, eclipsan, en belleza y grandeza, todas las construcciones posteriores de los soberanos de Cuzco.”

El señor D’Orbigny, análogamente a todos sus compañeros exploradores, cree que estas ruinas se remontan a una raza muy anterior a la de los Incas.

En las reliquias del lago Titicaca se observan dos tipos arquitectónicos distintos. Por ejemplo: las ruinas de la isla de Coati son muy parecidas a las de Tiahuanaco. Lo mismo ocurre con amplios bloques de piedra elaboradamente esculpidos, algunos de los cuales, según los reportes de los investigadores en 1846: “tienen un metro de alto, 6 de ancho y 2 de profundidad.” Mientras en algunas de las islas del Titicaca existen monumentos muy extensos, “se cree que aquellos de auténtico estilo peruano son los restos de los templos destruidos por los españoles.” El famoso santuario que contiene la figura humana pertenece a la primera categoría. Su entrada tiene 3,5 metros de alto, 4,2 de ancho con una apertura de poco más de dos metros por poco más de un metro, que se talló en una sola piedra.  “La parte oriental tiene una cornisa en cuyo centro se encuentra una figura humana de forma extraña, coronada de rayos intercalados por serpientes con cabezas crestadas. A cada lado de esta figura se extienden tres filas de secciones cuadradas llenas de imágenes humanas y de otro género, cuyo diseño es, aparentemente, simbólico […]” Si este templo se encontrara en la India se atribuiría, indudablemente, a Shiva. Pero está en los antípodas, donde, según se sabe, ningún Shaiva ni Naga incursionó jamás, aunque los mexicanos indígenas tienen su Nagal (Nagual) o brujo principal y adorador de la serpiente. “La creencia según la cual, estas ruinas que se elevan en un punto alto, anteceden cualquier otra conocida en América [6]  es corroborada, entre otros hechos, por las huellas que el agua dejó a su alrededor, dando la impresión de haber sido, anteriormente, una isla en el lago Titicaca. Además, el nivel actual del lago ha bajado  45 metros y sus orillas distan 12 millas.” Por lo tanto, todas estas reliquias se atribuyen a la misma “población desconocida y misteriosa que antecedió a los peruanos, así como los tulhuatecas, o toltecas, antecedieron a los aztecas. Parece haber sido el centro de la civilización más elevada y antigua de Sudamérica y de un pueblo que ha dejado los monumentos más gigantescos que reflejaban su poder y capacidad.” Además, todos ellos o son Dracontias, templos consagrados a la Serpiente o dedicados al Sol.

Las pirámides desmoronadas de Teotihuacan y los monolitos de Palenque y Copán presentan el mismo carácter. Las primeras distan unas 25 millas de la Ciudad de México en el valle de Otumla y se consideran como las más antiguas en este territorio. Las dos principales se dedicaron al Sol y a la Luna. Se construyeron con piedra cuadrada tallada. Constan de cuatro niveles y una área llana en la cumbre. La más amplia, la del Sol, tiene 73 metros de altura, su base mide 680 pies cuadrados y se extiende por una área de 11 acres. Por lo tanto, es equiparable a la gran pirámide de Cheops. Aún, según Humboldt, la pirámide de Cholula, que supera la altura de la de Teotihuacan por 3 metros, con una base de 1.400 pies cuadrados, ¡cubre una área de 45 acres!

Es interesante leer lo que escribieron los primeros autores, los historiadores que las vieron durante la primera conquista, y constatar aún lo que dijeron sobre algunos de los edificios más modernos, entre los cuales se encuentra el gran templo de México. Uno relata que consta de una inmensa área cuadrada: “rodeada por una muralla de piedra y cal, cuyo espesor mide ocho pies. La esmaltan almenas y adornos de muchas figuras de piedra en forma de serpiente.” Cortés muestra que su recinto podría fácilmente contener 500 casas. La pavimentación consistía de piedras pulidas, tan lisas que los caballos de los españoles no podían moverse sin resbalar”, escribe Bernal Díaz. En esta coyuntura, debemos recordar que no fueron los españoles quienes conquistaron a los nativos de México; sino sus caballos. Este animal jamás se había visto en América. Entonces, cuando los europeos desembarcaron en la costa, las poblaciones nativas,  aunque excesivamente intrépidas, “se quedaron atónitas ante la presencia de los caballos y el estruendo de la artillería.” Así, dedujeron que los españoles eran de origen divino y les enviaron seres humanos como sacrificios. Este pánico supersticioso basta para explicar el hecho de como un puñado de hombres pudo conquistar fácilmente a un sinnúmero de guerreros.

Según Gomera, las cuatro paredes del recinto del templo corresponden con los puntos cardinales. En el centro de esta área gigantesca se elevaba el gran templo, una inmensa estructura piramidal de ocho niveles en piedra. La base mide 300 pies cuadrados y todo el edificio se eleva a unos 40 metros, donde un nivel llano lo secciona. Allí se yerguen dos torres, los santuarios de las divinidades a quienes se había consagrado: Tezcatlipoca y Huitzilopochtli. Esta era el área destinada a los sacrificios y donde se mantenía el fuego eterno. Clavijero nos comunica que, además de esta gran pirámide, existían otras cuarenta estructuras similares consagradas a varias divinidades. Una se llamaba Tezcacalli, “la Casa de los Espejos Brillantes, consagrada a Tezcatlipoca, el Dios de la Luz, el Alma del Mundo, el Vivificador, el Sol Espiritual.” Las habitaciones de los sacerdotes, que, según Zárate, eran unas 8 mil, los seminarios y las escuelas, eran todas circunvecinas. Había una profusión de estanques, fuentes, arboledas y jardines donde las flores y las hierbas aromáticas se cultivaban para usarlas en los ritos sagrados y las decoraciones del altar. Además, el jardín interno era tan amplio que “8 mil o 10 mil personas podían cómodamente danzar durante sus festividades solemnes”, dice Solís. Torquemada estima que, en México, existían 40 mil templos del género; sin embargo, para Clavijero, que habla del majestuoso Teocalli mexicano (las casas de Dios), su número era más grande.

Los aspectos semejantes que se destacan entre los vetustos santuarios del mundo antiguo y del nuevo, son tan maravillosos que dejan a Humboldt casi enmudecido. “¡Qué analogías sorprendentes existen entre los monumentos de los antiguos continentes y los de los toltecas, los artífices de estas estructuras colosales, pirámides truncas divididas por secciones, como el templo de Belus en Babilonia! ¿De dónde tomaron el modelo de estos edificios?”, él exclama.

El eminente naturalista podía haberse también preguntado: ¿de dónde, los mexicanos habían sacado todas sus virtudes cristianas, siendo simplemente unos pobres paganos? Prescott nos dice que: “el código de los aztecas suscita un profundo respeto merced a sus grandes principios morales, cuya percepción es tan clara como la que encontramos en las naciones más civilizadas.” Algunos son muy particulares; ya que muestran cierta similitud con la ética evangélica. Uno dice: “Aquél que mira a una mujer con demasiada curiosidad, comete adulterio con la mirada.” Otro declara: “Mantengan paz con todo; sobrelleven las injurias con humildad; Dios, que lo ve todo, les vindicará.” Reconocían un solo Poder Supremo en la Naturaleza, al cual se dirigían como la deidad: “por la cual vivimos, Omnipresente, que conoce todos los pensamientos y brinda todas las capacidades. Sin ésta el ser humano es nada. La deidad es invisible, incorpórea, perfecta y pura. Sus alas nos deparan descanso y una protección segura.” Lord Kingsborough nos dice que, al momento de dar nombre a los niños,  “usaban una ceremonia profundamente similar al rito cristiano del bautismo. Los labios y el pecho del recién nacido se rociaban con agua y el Señor imploraba que se limpiara el pecado con el cual se marcó antes de la fundación del mundo, así que el niño podía nacer nuevamente.”  “Sus leyes eran perfectas; la justicia, la satisfacción y la paz imperaban en el reino de estos paganos”, cuando las hordas de delincuentes y de jesuitas de Cortés desembarcaron en Tabasco. Un siglo de hecatombes, robos y conversión forzada, bastaron para trasformar esta población tranquila, inofensiva y sabia, en lo que es actualmente. Han sacado completo beneficio de la Cristiandad dogmática. Quien ha ido a México sabe lo que estas palabras significan. ¡El país rebosa de fanáticos cristianos sedientos de sangre, ladrones, vagos, borrachos, libertinos, asesinos y los más grandes mentirosos existentes! ¡Paz y gloria a vuestras cenizas, oh Cortés y Torquemada! Al menos en este caso, vosotros nunca podrán vanagloriarse por la iluminación ¡que vuestro cristianismo irradió sobre los pobres paganos, antes virtuosos!

 

NOTAS:

[1] Esta “idea” es expresada claramente y tratada como un fecho por Platón en su “Banquete”, y fue adoptada por Francis Bacon en su “Nueva Atlántida”.  (Nota de H.P.B.)

[2] “Se podrá descubrir  que el nombre América”, dije yo en  1877  en “Ísis Unveiled” (“Ísis Sin Velo”),  volumen II, p. 591, “está directamente relacionado con la palabra Meru,  la montaña sagrada ubicada en el centro de los siete continentes.” Cuando América fue descubierta por la primera vez, se vio que era usada entre los nativos la palabra Atlante. En los estados de Centroamérica, encontramos la palabra Amerih, que, como Meru, una gran montaña. El origen de los indios Kamas de Norteamerica es también desconocido.  (Nota de H.P.B.)

[3]  Pies - Medida inglesa de longitud, equivalente en algunos lugares a 28 centímetros, y en otros a 30,48 centímetros. En varios casos, en esa traducción,  hemos dado dimensiones en metros calculando, por valor aproximado,  tres pies para cada metro. (El editor)

[4] “Smithsonian contributions to Knowledge”,  vol. I. (Nota de H.P.B.)

[5]  Estos son lo números en la versión original del texto, publicada en “The Theosophist”, India, Abril 1880 (ver p. 171), y también en el libreto de la Theosophy Company,  de Los Angeles,   En los “Collected Writings de HPB” ( TPH, vol. II) editados por Boris de Zirkoff,  vemos  53 metros por 25 metros.  (El editor)

[6]  “New American Cyclopaedia”, article “Teotihuacan”. (Nota de H.P.B.)

 III 

Las ruinas de América Central no son menos imponentes y colosales. Son de paredes muy espesas y usualmente tienen amplias escaleras que conducen a la entrada principal. Cuando están compuestas por diferentes pisos, éstos proceden en sucesión desde el más grande al más pequeño, dando a la estructura la apariencia de una pirámide de muchos niveles. Las paredes frontales son de piedra o estuco y la cubren figuras simbólicas magistralmente talladas. La parte interna se divide en pasillos y recámaras oscuras con cielos abovedados. Los techos se sustentan con piedras imbricadas “constituyendo un arco a punta, cuyo tipo corresponde con los primeros monumentos del mundo antiguo.” Dentro de algunas cámaras en Palenque, Stephens descubrió tablillas cubiertas de esculturas y jeroglíficos, cuyos diseños son hermosos y cuya ejecución es primorosa. En un antiguo bosque en Copán, en Honduras, Catherwood y Stephens exhumaron una ciudad completa con templos, casas y grandiosos monolitos intrincadamente tallados. La escultura y el estilo general de Copán son únicos y en ningún otro lado se ha encontrado este estilo o algo parecido, excepto en Quirigua y en las islas del lago Nicaragua. Nadie puede descifrar las extrañas inscripciones jeroglíficas en los altares y en los monolitos. Salvo unas pocas obras en piedra no tallada: “a Copán se le puede atribuir, con certeza, una antigüedad que supera la de cualquier otro monumento centroamericano conocido”, escribe “New American Cyclopaedia” (“Nueva Enciclopedia Americana”).  En el período de la conquista española, Copán era ya una ruina olvidada, acerca de la cual existían sólo las tradiciones más vagas.

Los restos de las diferentes épocas en Perú no son menos extraordinarios. Las ruinas del templo del Sol en Cuzco son aun imponentes, a pesar del saqueo perpetrado por los vándalos españoles. Si creemos en las narrativas de los mismos conquistadores, al llegar, se toparon con un castillo fantástico. La enorme muralla circular rodeaba completamente el templo principal, las capillas y los edificios. Está situada en el corazón de la ciudad y sus restos provocan, justamente, la admiración del viajero. “En el sagrado recinto se abrían acueductos. En su interior había jardines y caminos entre arbustos y flores de oro y plata, para emular las producciones de la naturaleza. Lo cuidaban 4 mil sacerdotes.” De La Vega escribe: “Un área de 200 pasos alrededor del templo era considerada sagrada y a nadie se le permitía el acceso si no estaba descalzo.” Además de este gran templo, en Cuzco existían 300 templos de menor importancia. El celebrado templo de Pachacamac se acerca, en belleza, al anterior. Humboldt menciona otro gran templo del Sol: “en la base de la colina de Cannar se elevaba, en un tiempo, un famoso santuario al Sol. Lo componía el símbolo universal de esta estrella, que la naturaleza formaba sobre la superficie de una gran roca.” Roman nos dice que: “los templos de Perú se erigían sobre tierras altas en la cumbre de las colinas, rodeados por tres o cuatro terraplenes, uno dentro del otro.”

He visto yo misma otras ruinas, especialmente montículos, circundados por dos, tres y cuatro círculos de piedra. En la proximidad de la ciudad de Cayambe, en el sitio donde Ulloa vio y describió un antiguo templo peruano, “perfectamente circular y abierto en la cumbre”, se enumeran varios cromlechs [1] de este tipo. El siguiente extracto procede de un artículo en el “Madras Times” de 1876 y, en sus notas arqueológicas, J. H. Rivett-Carnac nos informa sobre algunos montículos particulares en el área circunvecina de Bangalore. [2]  “Cerca del pueblo hay, por lo menos, cien cromlechs visibles. Los rodean círculos de piedra, algunos con tres o cuatro círculos concéntricos. Uno, cuya apariencia resalta de forma particular, consta de cuatro círculos de piedra amplia a su alrededor. Los indígenas lo llaman ‘Pandavara Gudi’ o templos de los Pandas […] Se supone que éste sea el primer ejemplo que, según la imaginación popular de los nativos, una estructura de tal género se atribuye a una raza remota si no mítica. A muchas de estas estructuras las rodea un círculo de piedra triple, doble o único. En el grado 35 de latitud, aun hoy los indígenas de Arizona tienen altares circundados exactamente por estos círculos y su fuente sagrada es rodeada por las mismas murallas simbólicas como las encontramos en Stonehenge y en otros lugares. Este descubrimiento se debe al Mayor Alfred E. Calhoun, F.G.S. del Ejército estadounidense para la Comisión Investigativa.

El relato más interesante y completo que hemos leído, en mucho tiempo, sobre las antigüedades peruanas, procede de la pluma del ya mencionado Heath de Kansas. A pesar de tener que condensar el cuadro general de estos restos en el espacio limitado de algunas páginas de periódico[3], Heath  logra presentar una imagen magistral y vívida de la riqueza de estas reliquias. Más de un especulador se ha enriquecido, en pocos días, profanando las “huacas.” Ahora, los sacrílegos cazadores de tesoros dejan saqueados, bajo la luz del sol tropical, los restos de innumerables generaciones de razas desconocidas, que reposaron ahí, tranquilamente, quien sabe por cuantas edades. Vale la pena insertar las conclusiones de Heath, quizá más sorprendentes que sus descubrimientos. He aquí una breve exposición de lo que describió:

“En el valle Jeguatepegue en Perú, en el grado 70 y 24’ latitud sur, cuatro millas al norte del puerto de Pacasmayo, se desliza el río Jeguatepegue. En el área limítrofe, tras de la orilla meridional, se encuentra una plataforma elevada ‘un cuarto de milla cuadrada y 13 metros de altura, toda de adobe. Una pared de 16 metros  la conecta con la otra. Tiene 50 metros  de altura, mide 66 metros de ancho en la cumbre y 166 metros en la base, formando casi un cuadrado.   Esta última fue construida en secciones de cámaras, cuya base es diez pies cuadrados, seis pies encima y casi 3 metros de alto. Todos los montículos del mismo tipo, templos para adorar al sol o ciudadelas, tienen, en el lado septentrional, una inclinación que sirve de entrada. Los buscadores de tesoros han abierto medio camino en ésta y se dice que encontraron ornamentos de oro y plata por valor de 150 mil dólares.” Este fue el lugar de sepultura para millares de hombres y, además de los esqueletos, se encontraron abundantes adornos de oro, plata, bronce, perlas de coral, etc.

“En el lado norte del río,  están las extensas ruinas de una ciudad fortificada, con seis millas de largo y dos de ancho […] Al seguir el río hasta la montaña, uno tropieza con una profusión de ruinas y huacas.” (Sitios de sepultura). En Tolón se yergue otra ciudad en ruinas. Si ascendemos cinco millas a lo largo del río “encontramos una roca desprendida de granito, cuyos diámetros miden respectivamente un metro y veinte centímetros y dos metros, y está salpicada por jeroglíficos. Si proseguimos por 14 millas más, una vertiente de la montaña donde convergen dos desfiladeros, está cubierta, a lo largo de 17 metros de altura, con la misma clase de jeroglíficos: pájaros, peces, serpientes, gatos, monos, hombres, el sol, la luna y muchas formas extrañas y ahora ininteligibles. La piedra sobre la cual se esculpieron es arenisca silicata y muchas líneas tienen un espesor de un octavo de pulgada. En una piedra muy grande, se notan tres agujeros profundos de veinte o treinta pulgadas. El orificio tiene un diámetro de seis pulgadas, mientras el ápice es de dos […] En Anchi, en el río Rimac, sobre la superficie de una pared perpendicular, a 65 metros sobre el lecho del río, hay dos jeroglíficos que representan una B imperfecta y una D perfecta. En un intersticio debajo de ellos, cerca del río, se descubrieron oro y plata por valor de 25 mil dólares. Cuando los Incas se enteraron del asesinato de su jefe, ¿qué hicieron con el oro que traían para su rescate? Se rumorea que lo enterraron […] ¿Quizá estos signos en Yonan nos digan algo; ya que se encuentra en el camino y cerca de la ciudad Inca?”

Lo que antecede se publicó en Noviembre de 1878, mientras que en Octubre de 1877, en mi obra “Ísis Unveiled” (“Ísis Sin Velo”), Vol I., presenté una leyenda que, debido a circunstancias que se haría excesivamente largo explicar, considero perfectamente verdadera.  Sin embargo, un periódico más satírico que respetuoso, tratando estos mismos tesoros del rescate Inca, la relegó a la clase de cuentos del Barón Munchausen. Un peruano me reveló el secreto. En Arica, viniendo de Lima, se yergue una piedra enorme que según la tradición era la tumba de los Incas. Tan pronto como los últimos rayos del sol se ponen y tocan la superficie de la roca, afloran jeroglíficos curiosos inscritos sobre ella. Estos caracteres constituyen una de las indicaciones que muestran como llegar a los inmensos tesoros sepultados en pasillos subterráneos. Los detalles se encuentran en “Ísis sin Velo” y no voy a repetirlos. Ahora, en varias obras científicas, se constata la prueba tajante que corrobora lo antes dicho. Quizá, tal declaración suscite menos desdén hoy que entonces. Algunas millas más allá de Yonan, en un cerro de una montaña, a unos 235 metros sobre el río, se elevan las murallas de otra ciudad. Seis y doce millas más allá, se extienden murallas y terrazas. A 78 millas de la costa, “si uno se encarama tortuosamente a lo largo de las faldas de la montaña por dos mil trescientos metros, y después desciende unos 650 metros”, llega a Coxamolca, la ciudad donde, hasta la fecha, se encuentra la casa en que el traicionero Pizarro encarceló a Atahualpa, el desafortunado inca. Es la casa que, en 1532, el Inca “prometió llenar de oro hasta la cumbre, a cambio de su libertad.” Así, fiel a su promesa, la atiborró de oro por valor de 17 millones y 500 mil dólares. Pero Pizarro, el viejo porquero de España y meritorio acólito del cura Hernando de Lugues, lo mató, a pesar de que había dado su palabra de honor de dejarlo libre. A tres millas de esta ciudad –

“Se eleva una muralla cuyo material constituyente es desconocido. Si es cemento, es más duro que la piedra misma [...…] En Chepen hay una montaña con una muralla que tiene seis metros y medio de alto y cuya cumbre es casi toda artificial. Cincuenta millas al sur de Pacaomayo, entre el puerto de Huanchaco y Truxillo, se hallan las ruinas de Chan-Chan, la capital del reino Chimoa [....…] La calle que se origina en el puerto, extendiéndose hasta la ciudad, atraviesa estas ruinas, que se suceden unas a otras pudiendo ser observables cuando se entra por un camino empedrado que se eleva poco más de un metro del terreno. Debajo de éste hay un túnel.” Aun cuando sean ciudadelas, castillos, palacios o lugares de sepultura llamados “huacas”, todos se designan con el nombre “huaca.” Cuando uno vaga a caballo por estas ruinas durante horas, se forma una idea imprecisa y ningún explorador, allí, puede indicar los que eran palacios y los que no […] Los recintos más elevados deben haber sido el fruto de una inmensa cantidad de trabajo.”

A fin de dar una idea de la riqueza que los españoles encontraron en el país, copiamos los siguientes extractos de Heath, sacados de los archivos de la municipalidad en la ciudad de Truxillo. Es un duplicado de las cuentas accesibles en el libro de los Quintos de la Tesorería en los años 1577 y 1578,  de los tesoros que un sólo hombre encontró en la “Huaca de Toledo.”

Primero. El 22 de Julio de 1577, en Truxillo, Perú,  Don García Gutierrez de Toledo se presentó a la tesorería real para entregar a la caja real un quinto. Trajo una barra de oro de 19 quilates cuyo peso era 2.400 dólares españoles y cuyo quinto eran 708 dólares en conjunción con el 1.5% para el aquilatador principal. Todo esto fue depositado en la caja real.

Segundo. El 12 de Diciembre, apareció con 5 barras de oro de 15 y 19 quilates y cuyo peso era 8.918 dólares.

Tercero. El 7 de Enero de 1578, se presentó con su quinta barra larga y platos de oro, cuyo número era 115. Eran de entre 15 y 20 quilates y pesaban 153.280 dólares.

Cuarto. El 8 de Marzo, trajo 16 barras de oro de entre 14 y 21 quilates, cuyo peso alcazaba 21.118 dólares.

Quinto. El cinco de Abril, trajo distintos ornamentos de oro: pequeñas fajas, patrones de maíz y otras cosas de 14 quilates, cuyo peso era 6.272 dólares.

Sexto. El 20 de Abril, trajo tres pequeñas barras de oro de 20 quilates, cuyo peso correspondía a 4.170 dólares.

Séptimo. El 12 de Julio, vino con 47 barras de 14 y 21 quilates, cuyo peso era 777.312 dólares.

Octavo. El mismo día volvió con otra porción de oro y adornos de maíz y fragmentos de efigies de animales, cuyo peso era 4.704 dólares.

“El total de estas entregas correspondía a 278.174 dólares de oro u onzas españolas. Si se multiplica por 16, obtenemos 4.450.784 dólares de plata. Si deducimos el quinto, que es el impuesto real de 985.953.75 dólares, constatamos que la porción de Toledo correspondía a 3.464.830,25 dólares. Aun después de este gran botín, de vez en cuando se encontraban efigies doradas de diferentes animales. Se exhumaron mantos adornados con fragmentos de oro cuadrados y también túnicas de plumas multicolores. Según una tradición, en la huaca de Toledo existían dos tesoros cuyos nombres eran el pez grande y el pequeño. Se ha localizado sólo el segundo. Entre Huacho y Supe, esta última ubicada a 120 millas al norte de Callao, cerca de un punto llamado Atahuangri, se yerguen dos enormes montículos símiles a la Campana de San Miguel del Valle Huático y que pronto describiremos. A cinco millas de Patavilca (al sur y cerca de Supe), existe una localidad llamada ‘Paramonga’ o el fuerte. Aquí son visibles las ruinas de una ciudadela muy extensa, cuyas paredes son de arcilla templada y cuyo espesor mide dos metros. El edificio principal se sitúa en una elevación, pero las murallas continuaban hasta sus faldas, análogamente a circunvalaciones comunes y corrientes. La subida se deslizaba alrededor de la colina como un laberinto compuesto por muchos ángulos que, probablemente, servían de obras exteriores de defensa. En estos parajes, se han desenterrado muchos tesoros que los indios prehistóricos deben haber ocultado; ya que no tenemos ninguna prueba de la ocupación Inca de esta parte de Perú, después de que lo habían sometido.”

No muy distante de Ancón, a lo largo de un trayecto de seis a ocho millas, “a cada lado se notan cráneos, piernas, brazos y esqueletos completos, esparcidos en la arena [ .…...] en Parmayo, 14 millas hacia el norte” y en la orilla marina, se encuentra otro gran cementerio. El territorio pulula de millares de esqueletos que los buscadores de tesoros desenterraron. Se extiende por más de media milla, alcanzando la parte anterior de la colina que, del nivel marino, llega a la altura de casi 270 metros. ¿De dónde proceden estas centenares de miles de personas sepultadas en Ancón? El arqueólogo incurre constantemente con tales preguntas a las cuales puede sólo encoger sus hombros y repetir, con los nativos actuales: “¿Quién sabe?”

El 30 de Octubre de 1872, el Dr. Hutchinson escribe, en el “Times” del Sur Pacífico:

“He llegado a la conclusión que Chancay es una gran ciudad de muertos o ha sido un inmenso osario peruano. En efecto, por toda parte, a la cima de una montaña, en una planicie o en la ribera, se encuentran siempre cráneos y huesos de todas clases.”

En el valle Huatica, que es una ruina muy extensa, hay 17 montículos llamados “huacas”, aunque, como observa el escritor: “se parecen más a ciudadelas o castillos que a lugares de sepultura.” La ciudad está rodeada por una muralla triple. Generalmente tienen un espesor de tres yardas [4] y una altura que oscila entre 5 y 7 metros. En la vertiente oriental, se yergue el enorme montículo llamado Huaca de Pando y las grandes ruinas de la ciudadela que los nativos llaman Huaca de la Campana. La Campana y las Huacas de Pando consisten en una serie de montículos amplios y pequeños. La extensión de territorio que cubren es incalculable sin medirla y forman una aglomeración colosal. El montículo “Campana” mide  37 metros. Hacia la dirección de Callao, existe una meseta cuadrada (278 yardas de largo y 96 de ancho), en cuya cumbre se notan ocho gradaciones de declive, cada cual es una o dos yardas más baja que la siguiente. El total en longitud y amplitud mide casi 278 yardas, según los cálculos de J.B. Steere de Michigan, profesor de Historia Natural.

La meseta cuadrada mencionada anteriormente consta de una base con dos divisiones, cada una de las cuales mide un cuadrado perfecto de 47 a 48 yardas. En su intersección forman un cuadrado de 96 yardas. Además de esto, hay otro cuadrado de 47 a 48 yardas. Nuevamente, en la cumbre, vuelve la misma simetría de medida en los múltiplos de doce. Casi todas las ruinas en este valle tienen esta característica, que es un hecho para el investigador. ¿Es un accidente o un diseño? El montículo es un cono de pirámide y se calcula que contenga una masa de 14.641.820 pies cúbicos de material. La “Ciudadela” es una estructura enorme que mide 33 metros de alto y 150 yardas de largo. En la cumbre se nota el esbozo de cuatro cuadrados muy amplios llenos de tierra. ¿Quién trasladó esta tierra aquí? ¿Con qué objetivo se llenaron? El trabajo de atiborrar todo el espacio en estos cuartos con tierra debe haber sido equiparable a la construcción del edificio mismo. Siguiendo un camino de dos millas hacia el sur, encontramos otra estructura similar, más espaciosa y con un número mayor de apartamentos. Se extiende por casi 170 yardas, es de 168 de ancho y mide 32 metros de altura. Todas estas ruinas eran circunscritas por altas murallas de tabique, algunas de las cuales tienen un espesor, una extensión y una anchura de una o dos yardas. La “huaca” de la “Campana” contiene casi 20.220.840 pies cúbicos de material, mientras la de “San Miguel” tiene 25.650.800. Estos dos edificios, con sus terrazas, parapetos, baluartes y con un gran número de cuartos y cuadrados, ¡ahora están llenos de tierra!

Cerca de “Miraflores” se encuentra Ocheran, el montículo más grande en el valle Huatica. Se eleva por 32 metros y la cumbre mide 55 yardas, totalizando 428 yardas en longitud o 1.284 pies, otro múltiplo de doce. Una muralla doble la circunda, cuya longitud es 816 yardas y cuya amplitud es 700, circunscribiendo 117 acres. Entre Ocharas y el océano, se extienden unos 15 o 20 grupos de ruinas como las que acabamos de mencionar.

El templo inca del Sol, análogamente al de Cholula en las planicies mexicanas, es una especie de amplia pirámide a terraza de tierra. Su altura oscila entre los 70 y los 100 metros y forma una silueta semilunar que se extiende por más de media milla. Su cumbre mide casi 10 acres cuadrados. Muchas de las paredes están teñidas de rojo, color que ha mantenido su vivacidad y brillantez de los siglos pasados en que se aplicó. En el valle Canete, frente a las Islas Chincha Guano, hay muchas ruinas descritas por Squier. En la colina llamada la “Colina de Oro”, se encontraron alfileres de cobre y de plata como los que las damas usan para asegurar sus mantones. Además hallaron, junto con copas de plata, pinzas para halar el pelo de las pestañas, de las cejas y facial.

El señor Heath escribe: “La costa de Perú se extiende de Tumbes al río Loa, una distancia de 1.233 millas. Esta amplia faja de territorio está recorrida por miles de ruinas, además de las mencionadas. En casi toda colina y cima montañosa se encuentran algunas reliquias pasadas y en cada precipicio, de la costa hasta la meseta central, se observan ruinas de murallas, ciudades, ciudadelas, lugares de sepulturas y millas y millas de terrazas y acueductos. Todo esto se extiende a través del altiplano hasta la vertiente oriental de los Andes, llegando a la residencia de los indios salvajes y en el bosque desconocido e impenetrable. Sin embargo, en las montañas, donde por meses estallan constantes tempestades de agua y nieve con truenos y rayos terribles, las ruinas son diferentes. Estas estructuras macizas, colosales y ciclópicas, compuestas por granito, cal porfídica y arenisca silicata, han resistido la desintegración del tiempo, la transformación geológica, los terremotos y la mano profana y destructora del guerrero y del buscador de tesoros.

La estructura que compone estas murallas, templos, casas, torres, ciudadelas o sepulcros no está cementada y mantiene su posición gracias a la inclinación de las paredes y a la adaptación de cada piedra al lugar que le corresponde. Las piedras constan de seis lados o más, cada una entallada y pulida para encajar con las otras, con tal precisión, que la hoja de un pequeño cortaplumas no puede insertarse en ninguno de los intersticios así formados, ya sea en las partes centrales totalmente ocultas o en las superficies internas o externas. Estas piedras, cuya elección no dependía de la uniformidad en forma y tamaño, varían de medio pie cúbico a 1.500 pies cúbicos de contenido sólido y si en los muchos millones de piedras se encontrara una que pudiese ocupar el lugar de otra, sería puramente una casualidad. En la ‘Calle del Triunfo’, en la ciudad de Cuzco, en una sección de la pared de la antigua casa de las Vírgenes del Sol, se encuentra una roca muy grande conocida como la ‘piedra de las doce esquinas’; porque que se coliga con las que la rodean mediante doce superficies, cada una de las cuales tiene un ángulo distinto. Además de estas doce caras, consta de una interna y nadie sabe cuántas hay en la parte posterior que está oculta en la construcción.

En la muralla en el centro de la ciudadela de Cuzco, se encuentran piedras que miden  4 metros  de alto,  5 de largo y  2,5 de ancho,  y todas proceden de pedreras distantes varias millas. En la proximidad de esta ciudad, existe una gran piedra pulida cuyo eje mayor mide  6 metros y el menor 4. En un lado se han tallado grandes nichos que pueden acomodar a un hombre erecto y, al oscilar su cuerpo, éste mece la piedra. Aparentemente, tales nichos se hicieron con este único propósito.

Una de las obras en piedra más maravillosas y colosales es la que se llama Ollantay-Tambo, una ruina situada 30 millas al norte de Cuzco, en una estrecha cañada a la orilla del río Urumbaba. Consiste de una ciudadela edificada en la cumbre de una elevación inclinada y escarpada. Una escalera de piedra se extiende del ápice hasta la planicie de abajo. En la cima de la escalera se encuentran, codo a codo, seis losas gruesas que tienen 4 metros de alto, 2 de ancho y uno de espesor. Entre ellas y encima, tienen una sucesión de piedras cuya amplitud mide casi dos metros  y cuya forma se adecua a las losas gruesas y todas son de piedra levigada. En la parte llana de la colina, parcialmente hecha a mano, y en la base de las escaleras hay una muralla de piedra con  3 metros de ancho,  cuatro metros de altura y que se extiende a lo largo de la planicie por un buen tramo. Contiene muchos nichos, todos dirigidos hacia el sur.

A menudo, se han descrito las ruinas de las Islas del Lago Titicaca, el lugar de origen de la historia inca.

En Tiahuanaco, algunas millas al sur del lago, hay piedras en forma de columnas, parcialmente talladas y situadas en línea, a una cierta distancia entre ellas y cuya elevación de la tierra oscila entre los 6 y los 7 metros.  En esta misma línea se encuentra una entrada monolítica ahora rota, la cual tiene 3 metros de alto y 4  de ancho. El espacio usado para crear la puerta mide  unos dos metros y medio de alto y  un metro de ancho. Toda la superficie de la piedra sobre la puerta está esculpida. Otra similar, pero más pequeña, yace en el terreno detrás de ésta. Dichas piedras son pórfido duro y, geológicamente, difieren de las rocas circundantes, por lo tanto, deducimos que debían haber sido transportadas de alguna otra parte.

En “Chavin de Huanta”, una ciudad en la provincia de Huari, se encuentran algunas ruinas que vale la pena mencionar. Se tiene acceso a ellas mediante un pasadizo con 2 metros de ancho y 3 metros de alto, techado con arenisca parcialmente tallada, cuya longitud supera los 4 metros. A cada lado hay cuartos de 4 metros de ancho, cuyos techos tienen amplios trozos de arenisca cuyo espesor es unos 50 centímetros,  con  dos metros a tres metros de ancho. Las paredes de los cuartos tienen 2 metros de espesor y incluyen algunas aberturas, probablemente para la ventilación. En el piso de este pasaje, se abre una entrada muy angosta que conduce a un túnel subterráneo que pasa por debajo del río [5] , desembocando al otro lado. De esta gran cantidad de huacas, fueron retiradas muchas copas de piedra, instrumentos de bronce y plata y un esqueleto de un indio sentado.  En su mayor parte, estas ruinas estaban ubicadas sobre acueductos. El puente para alcanzar estos castillos está constituido por 3 piedras de granito tallado. Tienen ocho metros de largo, 60 centímetros de ancho, y  medio metro de espesor. Algunas de las piedras de granito están cubiertas por jeroglíficos.

En Corralones, a 24 millas de Arequipa, hay jeroglíficos esculpidos en masas de granito que parecen haber sido pintados  usando tiza o creta. Retratan imágenes de hombres, llamas, círculos, paralelogramos, las letras R y O y aún los vestigios de un sistema astronómico.

En Huyatar, en el condado de Castro Virreina, existe un edificio con las mismas esculturas.

En Nazca, en la provincia de Ica, se yerguen algunas maravillosas ruinas de acueductos. Su altura oscila en torno de un metro y medio y miden un metro de ancho. Constan de una piedra no tallada muy recta, doblemente amurallada y pavimentada con lajas encima.

En Quelap, no lejos de Chochapayas, se han examinado últimamente algunas obras muy extensas. Una muralla que mide poco menos de 200 metros de ancho,  1.200 de largo y  50 de alto. La parte inferior es sólida. Otra muralla situada sobre la anterior, mide 200 metros de largo, 170 de ancho y 50 de alto. Encima de ambas murallas se encuentran nichos que tienen un metro de largo, medio metro de ancho y de espesor. Estos contienen los restos de los antiguos habitantes, algunos desnudos, otros envueltos en chales de algodón de colores distintos y primorosamente bordados […].

Al seguir la entrada de la segunda y más alta muralla, se encuentran otros sepulcros similares a pequeños hornos. Miden dos metros de alto y tienen una circunferencia de 8 metros. En la base hay lastras sobre las cuales algunos cadáveres reposaban. En el lado norte, en la rocosa vertiente perpendicular de la montaña, se eleva, por 200 metros del fondo, una muralla de piedra con ventanillas. No hay razón para esto, ni, hasta la fecha, se ha descubierto la manera para alcanzarla. La magistral construcción de los utensilios de oro y plata que se encontraron aquí, la genialidad y la solidez de esta obra gigantesca de piedra tallada, hacen probable que date del período pre-Inca […] En las 1.200 millas a lo largo de las cuales se extiende Perú, se estiman 500 barrancos, 10 millas de terrazas de 50 filas por cada precipicio, que serían sólo cinco millas de 25 filas por cada lado. Así tendremos 250.000 millas de murallas de piedra con una altura media de un metro o poco más,  lo suficiente para circundar este globo por diez veces. A pesar de lo sorprendente que estas estimaciones pueden parecer, estoy plenamente convencida que su medida efectiva podría ser más del doble que la cifra en nuestras manos hoy; ya que estas cañadas tienen una longitud que oscila entre 30 y 100 millas. En San Mateo, una ciudad en el valle del río Rimac, las montañas alcanzan una altura de  500 o  600 metros sobre el nivel del río. Ahí conté 200 filas, ninguna de las cuales medía menos de 4 millas de largo y muchas superaban las 6 millas.

Heath pregunta justamente:

“Quién entonces era esta gente que perforó 60 millas de granito, trasladó bloques colosales de pórfido duro, transportándolos por millas de su lugar de procedencia a través de valles con centenares de metros de profundidad, sobre las montañas, a lo largo de las planicies, sin dejar huella de cómo o a dónde las llevaban? Esta era gente que (según se dice), desconocía el uso de la madera y cuyo único animal de carga era la débil llama. Así, después de haber transportado estas rocas, las convertían en piedras con precisión mosaicas. Estos seres terraplenaron millares de millas de faldas montañosas, construyendo colinas de adobe y tierra y ciudades enormes. Dejaron obras de arcilla, piedra, bronce, plata, oro y bordado, muchos de los cuales no pueden ser duplicados actualmente. Estas personas competían con los Devas por riqueza, con Hércules por fuerza y energía y las hormigas y las abejas por industriosidad.”

Callao fue sumergida y completamente destruida en 1746. Lima fue derruida en 1678. En 1746, sólo 20 habitaciones entre 3 mil permanecieron erectas, mientras las antiguas ciudades en los valles de Huatica y Lurin se conservaron en un estado relativamente bueno. San Miguel de Puiro, fundado por Pizarro en 1531, fue completamente destruido en 1855, mientras las ruinas cercanas fueron levemente afectadas. Arequipa fue arrasada en Agosto de 1868, sin embargo, las ruinas adyacentes permanecieron intocadas. Por lo menos en el campo de la ingeniería, el presente puede aprender del pasado y esperamos mostrar que esto es válido en muchas otras cosas. 

 


NOTAS:

[1] Cromlech –  un círculo de piedras o monolitos colocados en posición vertical; o un dolmen -  un monumento druídico formado por una gran piedra plana colocada sobre dos piedras horizontales.   (El editor)

[2] “On Ancient Sculpturing on Rocks in Kumaon, India, similar to those found on monoliths and rocks in Europe”( Sobre Esculturas Antiguas Hechas en Rocas en Kumaon, India, semejantes a las encontradas en monolitos y rocas en Europa”), de J.H. Rivett-Carnac, Bengal Civil Service, C.I.E., F.S.A., M.R.A.S.F.G.S., etc. (Nota de H.P.B.)

[3] Ver “Kansas City Review of Science and Industry”, Noviembre,  1878. (Nota de H.P.B.)

[4] Yardas – medida inglesa igual a 91 centímetros. (El Editor)

[5]  Túneles son mencionados en varios párrafos de “Una Tierra de Misterio”.  Es interesante observar que en Asia, y especialmente en India, también hay tradicionalmente  numerosos sistemas de túneles, usados por sabios de la tradición esotérica y por sus discípulos, segundo H. P. Blavatsky escribió. Vea por ejemplo la obra “From the Caves and Jungles of Hindustan” (TPH), que reúne textos de H. P. B. publicados originalmente en ruso.  (El Editor)

IV 

Hacer remontar todas estas construcciones ciclópicas al período inca es, como ya mostramos, una incongruencia más patente y una falacia más grande que la muy común de atribuir todo templo de piedra en la India a los excavadores budistas. Según muestran muchas autoridades, entre ellas el doctor Heath, la historia inca data sólo hasta el siglo once, período que, desde el tiempo de la conquista, es totalmente insuficiente para explicar tales obras grandiosas e innumerables. Al mismo tiempo, los historiadores españoles no saben mucho acerca de ellas. Además, debemos tener presente que en aquel entonces los católicos romanos, fanáticos de mentalidad estrecha, execraban los templos paganos y cada vez que se les presentaba la oportunidad, los convertían en iglesias cristianas o los arrasaban. Otra fuerte objeción a la idea deriva del hecho de que los incas no poseían un idioma escrito, mientras estas antiguas reliquias pululan de jeroglíficos. “Es cierto que el Templo del Sol en Cuzco es de origen inca; pero éste es el estilo arquitectónico más reciente entre los cinco visibles en los Andes, cada uno representando, probablemente, una edad de adelanto humano.”

Es posible que, para nuestros criptógrafos, como para los incas, los jeroglíficos peruanos y centroamericanos hayan sido, sean y permanezcan siendo letra muerta. Los incas, análogamente a los antiguos chinos y mexicanos bárbaros, conservaban sus archivos por medio de un quipus (o nudo, en el idioma nativo). Este era una cuerda que medía varios pies, compuesta por hilos multicolores a la cual se colgaba una orla policroma. Cada color indicaba un objeto sensible y los nudos servían de cifras. Prescott dice: “La misteriosa ciencia del quipus suministraba a los peruanos los medios para comunicar sus ideas entre ellos y para transmitirlas a la posteridad […].”  Sin embargo, cada localidad tenía su método propio para interpretar estos archivos elaborados. Así, un quipus era inteligible sólo en el lugar donde se guardaba. Heath escribe: “De las tumbas se han exhumado muchos quipus cuyos colores y tejidos se encontraban en un excelente estado de conservación. Pero los labios capaces de pronunciar la clave verbal han cesado para siempre su función y el buscador de reliquias no ha logrado notar el lugar exacto donde cada uno fue encontrado, así, los archivos que podrían comunicarnos elocuentemente lo que deseamos saber, permanecerán sellados hasta que sea revelado todo en los últimos días […].”

Siempre que, entonces, se revele algo.

Lo que es tan bueno como una revelación hoy, una vez que  nuestros cerebros funcionen y nuestras mentes estén agudamente receptivas a algunos hechos altamente sugestivos, son los incesantes descubrimientos de la arqueología, la geología, la etnología y otras ciencias. Es la convicción casi irreprimible de que el ser humano ha vivido en la tierra, por lo que sabemos, durante millones de años, lo que hace de la teoría de los ciclos la única plausible para solucionar los grandes problemas humanos, el ascenso y el descenso de innumerables naciones, razas y sus diferencias etnológicas. Estas diferencias se explicarán ampliamente a pesar de que son tan evidentes como la que existe entre un europeo hermoso e intelectual y un excavador indígena australiano. Sin embargo, eso hace temblar al ignorante, provocándole un tumulto al sólo pensar en destruir el imaginario “gran abismo entre el ser humano y la creación bruta.” El excavador indígena, entonces en unidad con muchas otras naciones salvajes, aunque superiores a él, y que están, evidentemente, desapareciendo para hacer espacio a los seres y a las razas de una especie superior, se deberán considerar, simplemente, con la misma óptica que usamos para los numerosos ejemplares de animales al borde de la extinción.[1]

¿Quién puede decir si las artes y las ciencias de los antepasados de estos salvajes con las cabezas llanas - antepasados que pueden haber vivido y prosperado en la más adelantada de las civilizaciones anteriores a la era glacial - tenían artes y ciencias mucho más adelantadas que la civilización actual - aunque quizá avanzando en una otra dirección muy distinta? Ahora se ha probado científicamente que el ser humano ha vivido en América por al menos 50 mil años y esto es un hecho que trasciende toda duda. En junio pasado [2], en una conferencia en Manchester por H. A. Albutt, Miembro Honorario de la Sociedad Real de Antropología, el orador dijo:

“Cerca de New Orleans, en una parte del delta moderno, mientras se excavaba para la red de gas, se perforó una serie de lechos casi completamente constituidos por materia vegetal. Durante la excavación, a una profundidad de  3 metros de la superficie y bajo cuatro bosques sepultados, uno sobre el otro,  los trabajadores descubrieron un poco de carbón de leña y el esqueleto de un hombre, cuyo cráneo se atribuyó al tipo de raza india aborigen y, según el doctor Dowler, se remontaba a 50 mil años.” El ciclo irreprimible en el curso del tiempo diezmó a los descendientes de los contemporáneos del difunto habitante de este esqueleto. Además, ellos degeneraron intelectual y físicamente, así como el lagarto degeneró desde el plesiosauro, y el elefante actual desde su orgulloso y monstruoso antecesor, el Sivatherium antediluviano, cuyos fósiles aun se encuentran en los Himalaias. ¿Por qué el ser humano debería ser la única especie en la tierra cuya forma jamás cambió desde que apareció, por primera vez, en este planeta? La imaginada superioridad de cada generación humana sobre la anterior, es aun infundada para que nos impida aprender, algún día, que la teoría es una cuestión que tiene dos lados:  por un lado del ciclo hay un progreso incesante, y por el otro un decaimiento irresistible.

Un científico moderno escribe:

“Aun con respecto al conocimiento y al poder, se puede decir que al adelanto, que según ciertos individuos es la característica típica de la humanidad, lo afectan personas excepcionales que surgen en algunas razas sólo bajo circunstancias favorables y es muy compatible con largos lapsos de inmovilidad y aun de declinación.” [3]  La prueba de este punto se encuentra en los modernos descendientes degenerados de las grandes razas poderosas de la antigua América: los peruanos y los mexicanos. El doctor Heath escribe: “¡Qué gran cambio! ¡Cuán lejos de su grandeza deben haber sido los incas cuando un puñado de 160 hombres pudo penetrar, indemne, en sus casas en las montañas, matar a sus reyes adorados, a millares de sus guerreros y expoliarlos de sus riquezas. Además, en un país donde ¡unos hombres armados con piedras pudieron resistir con éxito a un ejército! ¿Quién podría reconocer en los actuales indios quechua y aymara a sus nobles antecesores?”

Esta es la opinión del doctor Heath y su convicción de que en un tiempo, América, Europa, Asia, África y Australia estaban unidas entre ellas, es tan firme como la nuestra. Deben existir ciclos geológicos y físicos así como intelectuales y espirituales. Los globos y los planetas, análogamente a las razas y a las naciones, nacen, crecen, se desarrollan, declinan y mueren.

Grandes naciones se escinden, esparciéndose en pequeñas tribus; pierden toda reminiscencia de su integridad y, paulatinamente, retroceden al estado primitivo, desapareciendo, en sucesión, de la haz de la tierra. Lo mismo ocurre con los grandes continentes. En un tiempo, Ceilán debe haberse formado como parte del continente indo. Así, parece ser que España fuese anexada a África y el angosto canal entre Gibraltar y tal continente debía haber sido tierra firme. Gibraltar rebosa de grandes monos de la misma especie muy abundante en la costa africana; mientras en España no hay simios en ninguna parte.

También las cuevas de Gibraltar están llenas de huesos humanos gigantescos, avalando la teoría de que pertenecen a una raza humana antediluviana. El doctor Heath menciona la ciudad de Eten, situada en América en el grado 70 de latitud sur, donde los habitantes de una tribu desconocida hablan un idioma monosilábico que los trabajadores emigrantes chinos entendieron desde su primer día de llegada.[4] Tienen sus leyes, costumbres y vestidos. No entablan, ni permiten que se entable, una comunicación con el mundo externo. Nadie puede decir de dónde provienen, ni cuándo llegaron, ya sea antes o después de la conquista española. Son un misterio para todos los que tienen la oportunidad de visitarlos […]

Con estos hechos capaces de desconcertar a la ciencia exacta y mostrar nuestra completa ignorancia del pasado, no le reconocemos el derecho a ningún ser humano terrenal, ya sea versado en geografía, etnología, en la ciencia abstracta o exacta, de decir a su prójimo: “¡Hasta ahí llegarás y no avanzarás más”!

Al reconocer la deuda de gratitud contraída con el doctor Heath de Kansas, cuya relación interesante e informadora nos ha proporcionado un elocuente número de hechos, sugiriéndonos tales posibilidades, no podemos hacer menos que citar sus reflexiones finales:

“Hace 13 mil años, Vega o Lira era la estrella polar. Desde entonces, ¡cuántos cambios ella ha visto en nuestro planeta! Cuántas naciones y razas han llegado a la vida, han tocado los pináculos de su esplendor y después han decaído. Cuando hayan pasado 13 mil años desde nuestra desaparición, y la estrella polar haya asumido otra vez su posición original en el norte - completando un ‘Año Platónico o un Gran Año’ - ¿y ustedes piensan que los que nos hayan sustituido en la tierra sabrán más acerca de nuestra historia de lo que sabemos nosotros sobre las civilizaciones pasadas? En verdad, podríamos exclamar, en términos casi salmistas: ‘Gran Dios, Creador y Director del Universo, ¿qué es el hombre para que Tú le des atención?’ ”

“¡Amén!” – debería ser la respuesta de los que todavía crean en un Dios “Creador y Director del Universo.” 

 

NOTAS:

[1]  Esta frase de HPB no justifica de modo alguno cualquier violencia colonial en contra de los pueblos indígenas. Al contrario, HPB y el movimiento teosófico defienden la fraternidad universal, el principio de la no-violencia (ahimsa) y el bien-estar de todos los seres. Lo que la frase significa es que hay una decadencia natural de pueblos y civilizaciones antiguos, mientras que las mismas mónadas o almas humanas que encarnaban en cuerpos indígenas pasan a encarnar en cuerpos de pueblos más adelantados. (El editor)

[2] Es decir, junio de 1880, ya que esta cuarta parte del texto fue publicada en agosto de 1880. (El Editor).

[3] “Journal of Science” de Febrero, texto “The Alleged Distinction between Man and Brute”. (Nota de H.P.B.)

[4] Sobre eso, vea a continuación la Nota firmada por Amrita Lal Bisvas y dirigida a la editora de “The Theosophist” (El Editor)

 

Correspondencia Sobre “Una Tierra de Misterio”

A la Editora:

[ “The Theosophist”, Agosto, 1880, pp. 278-279]

He leído con gran interés su excelente artículo sobre “Una Tierra de Misterio”. Sus palabras muestran un espíritu investigador y un amor por la verdad realmente encomiable y usted recibirá el respeto, la aprobación y la alabanza de todos los lectores imparciales. Sin embargo, hay algunos puntos en los que discrepo con usted. Para explicar las similitudes más desconcertantes existentes en las maneras y usanzas, los hábitos y las tradiciones sociales de la humanidad primitiva de los dos mundos, usted se vale de la antigua teoría platónica según la cual los continentes tenían istmos de tierra que los unían. Sin embargo, las recientes investigaciones en  “Novemyra”, han desacreditado para siempre tal teoría. Ellos prueban que, con la excepción de Australia, que se separó de Asia, jamás hubo un sumergimiento de tierra tan gigantesco que fuese capaz de producir un océano Atlántico o Pacífico. Las mares, desde su formación, nunca han cambiado sus antiguos lechos de manera excesivamente amplia. Según el profesor Geike, en su geografía física, los continentes siempre ocuparon las posiciones actuales, salvo que, a veces, sus costas han avanzado o retrocedido por algunas millas de la mar.

Usted no se hubiera equivocado si hubiese aceptado la teoría del señor Quatrefages sobre  la migración marina. Todos los monogenistas avienen con que las planicies de Asia Central fueron el centro donde apareció la raza humana. De este lugar, oleadas sucesivas de emigrantes se instalaron en los ángulos más recónditos del mundo. No es una sorpresa que los antiguos chinos, hindúes, egipcios, peruanos y mexicanos, que en un tiempo habitaban en el mismo lugar, muestren similitudes muy marcadas en ciertos puntos de su vida. La proximidad de los dos continentes en el estrecho de Behring permitió a los emigrantes efectuar el pasaje de Asia a América. Un poco hacia el sur, está la corriente de Tassen, el Kourosivo o el flujo negro de los japoneses, que abre una gran ruta para los navegadores asiáticos. Los chinos han sido una nación marítima desde la antigüedad remota y puede ser que sus barcos se asemejaban a los del navegador portugués Cabral en los tiempos modernos, capaces de llegar a la costa americana fortuitamente. Sin embargo, omitiendo todas las cuestiones de posibilidades y accidentes, sabemos que los chinos descubrieron la aguja magnética ya en el 2.000 A.E.C. Con su ayuda y la de la corriente de Tassen, no debe haberles resultado difícil llegar a América. En efecto, según nos informa Paz Soldan en su “Geografía de Perú”, establecieron una pequeña colonia en este país y “al finalizar el quinto siglo, los misioneros budistas enviaron misiones religiosas para que se llevaran las doctrinas de Buda a Fou-Sang (América).” Sin duda, esto provocará cierto desagrado a muchos lectores europeos. No están de acuerdo en acreditar una declaración que les sustrae el honor del descubrimiento de América, para tributarlo a los que ellos llaman, con complacencia, “una nación asiática semi-bárbara.” A pesar de todo es un hecho diamantino.

El capítulo XVIII de “The Human Species” (“La Especie Humana”) de A. De Quatrefages, será una lectura interesante para todos los que quieren saber algo sobre el descubrimiento de América por parte de los chinos. Sin embargo, como el espacio en su libro es limitado, el relato es muy breve. Espero, firmemente, que usted terminará su interesante artículo haciendo referencia a esto y dándonos los detalles de todo lo que se sabe tocante a dicho tema. Irradiar luz en un punto que hasta la fecha se ha encontrado sumergido en la oscuridad misteriosa, no será indigno de la pluma de un ser cuya vida se centra en la búsqueda de la verdad y que, una vez encontrada, se atendrá a ésta cueste lo que cueste.

Amrita Lal Bisvas         Calcutta 11 de Julio

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[ La Respuesta de H.P.B.: ]

[ “The Theosophist”, Agosto, 1880, pp. 278-279]

El poco tiempo libre a disposición este mes no nos permite contestar detalladamente a las objeciones concernientes a la hipótesis de la Atlántida, que nuestro suscritor ha inteligentemente sometido. Sin embargo, veamos si son tan inexpugnables como parecen ser a primera vista; aunque se basen en “investigaciones recientes” que, “de una vez por todas, han destruido esa teoría.”

Sin profundizar en el tema, podemos limitarnos a una breve observación. Más de una cuestión científica que en un tiempo pareció haberse dirimido para siempre, al despuntar de otra, detonó sobre las cabezas de los teóricos que habían olvidado el peligro de tratar de elevar una simple teoría en un dogma infalible. No hemos cuestionado la afirmación de que “jamás hubo un sumergimiento de tierra tan gigantesco que fuese capaz de producir un océano Atlántico o Pacífico”; ya que nunca pretendimos sugerir nuevas teorías tocante a la formación de los océanos, los cuales pueden haber mantenido su posición actual desde que aparecieron. Sin embargo, continentes enteros pueden haberse subdividido en fragmentos parcialmente sumergidos, dejando un sinnúmero de islas como parece que aconteció con la Atlántida cuando se abismó.

Lo que quisimos decir es lo siguiente. En algún período prehistórico y mucho antes de que el globo pululara con naciones civilizadas, Asia, América y tal vez Europa pertenecían a una vasta formación continental unida por istmos como los que, evidentemente, existían donde ahora está el Estrecho de Behring (que se conecta al Pacífico Norte  y al Ártico y tiene una profundidad de poco más de veinte o veinticinco brazas)  o por sábanas de tierra más amplias. Al mismo tiempo, no le impugnamos a los monogenistas, según los cuales, Asia Central es la cuna de la humanidad, sino que dejamos tal tarea a los poligenistas, capaces de cumplirla con más éxito que nosotros.

De todos modos, antes de que podamos aceptar la teoría de la monogénesis, sus defensores, para explicar las palmarias diferencias en los tipos humanos, deben ofrecernos algunas hipótesis irrefutables, mejores que la “bifurcación causada por la diferencia de clima, hábitos y cultura religiosa.” M. Quatrefages puede permanecer, innegablemente, como un naturalista, un físico, un químico y un zoólogo extremadamente distinguido, sin embargo no logramos comprender por qué deberíamos aceptar sus teorías, prefiriéndolas sobre todas las demás. Evidentemente, Amrita Lal Bisvas alude a la narrativa de alguna expedición científica que costeó el Atlántico y el Mediterráneo, emprendida por este francés eminente, a la cual le dio el título de “Souvenirs d’un Naturaliste”. Nuestro corresponsal parece equiparar a M. Quatrefages a un Papa infalible en lo que concierne a las cuestiones científicas. Esta no es nuestra posición, aunque ha sido miembro de la Academia Francesa y es un profesor de etnología. Su teoría acerca de las migraciones marinas puede impugnarse con un centenar de teorías directamente opuestas. Es porque hemos dedicado toda nuestra vida a la búsqueda de la verdad, agradeciendo a nuestro crítico por haberlo admitido de forma encomiástica, que jamás aceptamos por fe ninguna autoridad, trátesedel asunto que se trate; ni tampoco, buscando, como hacemos, la VERDAD y el progreso a través de una investigación completa y sin miedo - sin el obstáculo de cualquier otra consideración - aconsejaríamos cualquier amigo nuestro a hacer algo distinto de esto.

Dicho esto, ahora podemos introducir algunas de las razones por las cuales creemos en la presunta “fábula” de la Atlántida sumergida, aunque lo explicamos elocuentemente en “ Isis Unveiled” (“Ísis Sin Velo”), vol. I., pag. 590.

Primero. Tenemos, como prueba, las tradiciones más antiguas de las poblaciones más heterogéneas que vivieron en continentes distantes: las leyendas en la India, en la antigua Grecia, en Madagascar, Sumatra, Java y todas las islas principales de la Polinesia y de las Américas. Ya sean los salvajes o las tradiciones literarias más ricas en el mundo, la literatura sánscrita de la India, convienen en decir que, en un pasado remoto, en el océano Pacífico existía un gran continente que, debido a un sismo geológico, se sumergió. Nosotros creemos firmemente, aunque estemos dispuestos a corregirnos, que la mayoría de las islas, si no todas, del archipiélago malayo hasta la Polinesia, son fragmentos de este inmenso continente de antaño, ahora sumergido. La Malaca y la Polinesia, que están en los dos extremos del océano y que desde que el hombre tiene memoria jamás trabaron, ni pudieron haber trabado alguna relación o aun saber de la existencia mutua, poseen, todavía, una tradición común en todas las islas y los islotes, según la cual sus respectivos continentes se extendían por un amplio tramo en el mar;  que en el mundo existían sólo dos inmensos continentes: uno habitado por seres amarillos, y el otro por hombres de piel oscura; y que el océano, obedeciendo a una orden de los dioses y para castigarlos por sus incesantes peleas, los devoró.

Segundo. A pesar del hecho geográfico de que la mutua distancia de Nueva Zelanda, Sandwich y las Islas de Pascua oscila entre 300 y 350 millas, y a pesar del hecho de que, según todo testimonio, ni ellas, ni ninguna isla intermedia, como las Marquesas, Sociedad, Fiji, Tahiti, Samoa y otras, podrían comunicarse entre si desde que se convirtieron en islas y antes de la llegada de los europeos, ya que sus poblaciones indígenas desconocían la brújula - aun así cada una de éstas sostiene que sus respectivos países se extendían hacia occidente, rumbo a la vertiente asiática. Además, todos hablan dialectos que vienen, evidentemente, del mismo idioma y con  pequeñas diferencias pueden entenderse sin muchos problemas. Tienen las mismas creencias religiosas y supersticiones, y sus costumbres son muy parecidas.   Y, como pocas islas polinesias fueron descubiertas antes del siglo 18, como Europa desconocía el mismo océano Pacífico hasta los días de Colón,  y dichos isleños jamás cesaron de repetir las mismas antiguas tradiciones desde que los europeos pisaron sus playas, nos parece una deducción lógica que nuestra teoría se acerca a la verdad más que cualquier otra.  La casualidad debería cambiar su nombre y su sentido si todo esto dependiese sólo de ella